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jueves, 28 de diciembre de 2006 |
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Recogemos el testimonio y opinión de Estela Pereira, que asistió al emotivo acto a los 28 años del golpe militar en Argentina, de la creación el pasado día 24 del Museo de la Memoria, en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), lugar que fue de tortura a la que se sometió a ciudadanos argentinos, acto al que asistió el Presidente Néstor Kirchner
Hoy: levantarse con más ganas y también con renovado dolor.
24 de marzo. Otro. El número veintiocho desde aquel 1976.
Se agolpan recuerdos de adolescencia que se superponen a la cotidianeidad del presente. Revivo a mi padre sacando presuroso y atolondrado, casi aterrado, afiches "comprometedores" de mis paredes, libros "peligrosos" de mi biblioteca. Recuerdo la gran fogata y un paquetito pequeño de libros envueltos en nylon que escondí en la chimenea de aquella casa a la que nunca más regresé. Me pregunto si aún estarán allí, ahora, veintiocho años después.
Sol radiante que quema hombros y cabezas llenas de canas.
Las canas de quienes éramos adolescentes y jóvenes en el '76.
La maldita ESMA nos espera, exultante y blanca quemando los ojos al rayo del sol.
Abrazos, reencuentros, amigos, compañeros. Pregunta que se repite entre aquellos que hace mucho no se ven ¿En qué andas? Y se escuchan entremezclados los relatos de luchadores viejos y cansados pero con el resto digno para estar aquí, hoy, de pie, secándose las lágrimas a manotazos o cerrando la garganta, duros, para no llorar.
Desfilan columnas y columnas de jóvenes y en ellos trato de encontrar a la que fui, hace veintiocho años. No estoy en esos rostros tersos. Porque ésa que era, es diferente a éstos que son hoy. Aquella que fui, la que escuchó, como tantos, el comunicado N° 1 con que se iniciaba un día laboral que habría de ser diferente a todos los demás del resto de la vida: comenzaba la desaparición de los compañeros de militancia, esos otros rostros tersos grabados a fuego en la memoria del hoy.
El sol aprieta en la calle en las puertas de la ESMA. Pero no lo suficiente para desistir. Ahí estamos, canosos, gordos, panzones, arrugados, llorosos, conmovidos, emocionados, vivos... Y viven en nosotros los rostros de los compañeros. Viven en nuestra memoria.
Me digo: somos un pedazo de esta historia. Me retracto. Somos los hacedores, sobrevivientes del horror, pero hacedores de esta historia.
De lejos ¡Hay tanta pero tanta gente! diviso los pañuelos blancos de las madres y los rostros estampados en las fotos. Concentro mi mirada en las miradas congeladas de las fotos. Busco... como tantos otros que se reconocen vivos en esos rostros compañeros.
Miro a mi lado, mezclados, a estos jóvenes que son los hijos de todos nosotros, y a nosotros mismos con los años de la memoria y el dolor a cuestas.
Me abrazan, me encuentran. Compañeros de diferentes rutas. Las rutas recorridas en estos veintiocho años. El ritual se repite una y otra vez en el abrazo de cada reencuentro. Apretado abrazo. Especial abrazo. Mudo y prolongado abrazo de nosotros, los del setenta...
Entramos por la puerta del frente a la maldita ESMA. Y somos miles de personas tomando posesión de ese lugar al que jamás soñamos pisar ni tan siquiera en jodas de trasnoche y borracheras. Camino por los jardines y me parece un sueño ajeno sentir bajo mis pies las hojas otoñales de los árboles de "ese" lugar. La gente se mete por todos los vericuetos, curiosea cada rincón. Miles de personas invadiendo los jardines militares con ojos incrédulos, azorados, exultantes, entristecidos, altivos, tristes, acongojados, provocadores. Pero, por sobre todo, gloriosos.
Avanzamos hacia los fondos. Quedamos tras las rejas. Del otro lado, en la calle, se inicia el acto previsto.
Y suben al escenario los hijos. Los hijos de los nuestros. Los paridos en la maldita ESMA. Es decir, nuestros propios hijos. Y hablan. Y expresan. Y patalean. Y dicen lo que quieren. Y exigen. Y reivindican. Y lloran. Y se quiebran. Y se recuperan. Y al grito de ¡Presentes! unifican la emoción y el recuerdo de los treinta mil que no están aquí, pero que estuvieron...
Por fin puedo llorar, allí, parada en un montículo de tierra plagado de langostas que saltan a nuestras espaldas cansadas pero erguidas.
Terminan los hijos, habla el presidente y nos pide perdón en nombre del estado... Y también, hijo hermanado del setenta, se quiebra pero aguanta hasta el final de su corto discurso.
La gente aplaude y canta...
Ole ole
Ole ola
Como a los nazis
les va a pasar:
¡Adonde vayan los iremos a buscar!
Suben nuestros músicos y acarician como sólo ellos saben, nuestras vapuleadas almas conmovidas. Todo está grabado en la memoria... todavía cantamos... para la libertad...
Termina el acto y volvemos sobre nuestros pasos. Entramos a la maldita. Retratos uniformados, escudos de bronce, cruces e imágenes de Cristo cuelgan de las prolijas y bien pintadas paredes. Aire acondicionado en los baños... Y hago pis... Hago pis en los fresquitos baños de los milicos. Siento, al orinar, que estoy viviendo un sueño nunca soñado. Estoy haciendo pis en la maldita ESMA...
Pasamos a una especie de gimnasio gigantesco y de buena calidad. De mucha mejor calidad que los gimnasios de nuestras escuelas de civiles comunes. Miles invaden el gimnasio, entrando por puertas y ventanas. De pronto truena el himno a capella en un unísono que sólo un momento como éste, único e irrepetible, puede lograr. Truena el himno en las paredes.
En mi agnosticismo me pregunto si nos estarán viendo, desde alguna parte, los compañeros torturados en la maldita... Ruego que sí, porque cantamos para ellos. Y para nosotros, donde ellos residen.
Cientos de pibes suben y abren una por una las oficinas de los milicos. Vuelan sobre nuestras cabezas miles de trozos de papel donde se adivinan sellos oficiales de la armada y hasta la palabra "Confidencial" escrita a máquina Remington.
Subimos tras los pibes. Es casi cómico ver a las chicas apoltronadas en los mullidos sillones caros de esas oficinas, hasta ayer ocupadas por uniformados en retirada.
Los pibes invaden todo: aulas, oficinas, baños, pasillos, altillos, escaleras. Uno por uno, palmo a palmo, cajón por cajón, son revisados escritorios y armarios. En un cajón hay más fotos de marinos uniformados y en el fondo, debajo de papeles sueltos, una foto erótica de una mujer en cueros mostrando su cola desnuda. Nos reímos. Creo que es mi primera risa del día. Intimidades pornográficas de vaya a saber qué capitán de navío...
Salimos, exhaustos. Y allí quedan los pibes que siguen revisando los rincones...
Miro a mi compañero. Sus cuarenta y nueve años al lado de mis cuarenta y siete. Su pelo largo lleno de canas. Sus ojos de niño manso que esconden a un león de pelea, me miran con asombro y un resto de alegría. Siento pasar su brazo por mi hombro y adoro este momento. Agradezco a la vida este momento.
Me voy cantando bajito:
Somos de la gloriosa
juventud argentina
la que hizo el cordobazo
la que peleó en Malvinas.
A pesar de los golpes
y de nuestros caídos
de la muerte y el hambre
¡NO NOS HAN VENCIDO!
Y si. No nos han vencido. Acabo de reencontrarme con aquella adolescente que fui, hace veintiocho años atrás... Y con ella están los compañeros de entonces. Para siempre.
Estela Pereyra - Argentina
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